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Cuento de ejemplo · Miedo a la oscuridad

Lucía y la lámpara que guardaba estrellas

Así es un cuento de Tilumora, completo. El de tu peque llevará su nombre, su peluche y el tema que elijas.

Lucía tenía cinco años, un conejo de trapo llamado Algodón y una lámpara con forma de luna. Cada noche, antes de dormir, le pedía a mamá lo mismo: —No apagues la luz, por favor. Porque cuando la luz se apagaba, la habitación se llenaba de sombras. La silla parecía un monstruo. El armario parecía una cueva. Y la cortina se movía sola.

Una noche, mientras mamá le daba un beso, Lucía oyó un ruidito muy pequeño. Venía de la lámpara. Era como un tintineo, como si alguien se riera bajito. Lucía se acercó y miró dentro, con mucho cuidado. Allí, acurrucadas como gatitos, dormían diez estrellas diminutas. —¿Quiénes sois? —susurró Lucía. La estrella más pequeña abrió un ojo y bostezó. —Somos las estrellas de tu habitación —dijo—. Vivimos aquí, pero de día descansamos. —¿Y por qué no salís nunca? —preguntó Lucía. —Porque con la luz encendida no se nos ve —respondió la estrellita—. Necesitamos la oscuridad para brillar. Lucía miró a Algodón. Algodón la miró a ella. Los dos tenían un poco de miedo. —Si apago la luz, ¿saldréis? —preguntó por fin. —Te lo prometemos —dijeron las diez estrellas a la vez.

Lucía respiró hondo, abrazó fuerte a Algodón y le pidió a mamá que apagara la luz. Clic. Todo se quedó a oscuras. Durante un momento, no pasó nada. Lucía contó despacito: uno, dos, tres. Y entonces, una a una, las estrellas salieron de la lámpara. Subieron flotando hasta el techo, dejando un rastro dorado, como polvo de caramelo. Allí se colocaron formando un camino que iba desde la ventana hasta su almohada.

—¡Mira, Algodón! —dijo Lucía—. ¡Un camino de estrellas! La estrella más pequeña bajó hasta su nariz y le hizo cosquillas. —¿Ves? —le dijo—. La oscuridad no esconde monstruos. Esconde cosas que brillan. Lucía miró la silla. Ya no parecía un monstruo. Solo era una silla con su chaqueta. Miró el armario. Ya no parecía una cueva. Solo era un armario lleno de ropa. Y la cortina se movía porque la ventana estaba un poquito abierta y entraba la brisa.

—¿Os quedaréis toda la noche? —preguntó Lucía, con los ojos medio cerrados. —Toda la noche —dijo la estrellita—. Y mañana también. Siempre que apagues la luz. Lucía sonrió y abrazó a Algodón un poco más fuerte. Y por primera vez, la oscuridad le pareció un cielo descansando. Las estrellas brillaron bajito, muy bajito, para no despertarla. Buenas noches, Lucía. Buenas noches, Algodón. Buenas noches, estrellas.

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Este cuento lo escribimos para Lucía. ¿Y si cada noche hubiera uno para tu peque?

Con su nombre, sus mascotas, su familia y el tema que necesite ese día.

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