
Adrián tenía cinco años y una tortuga de peluche que se llamaba Pía. Pía era verde y suave, y nunca tenía prisa.

Aquel sábado, después de cenar, papá descolgó el reloj de la cocina. Era un reloj redondo y viejo, el único de la casa que no cambiaba solo.
—Esta noche cambia la hora —dijo papá—. Hay que atrasarlo una hora.
Adrián se subió al taburete y movió la aguja grande, con mucho cuidado. Le dio una vuelta entera, y el reloj marcó una hora menos.
—¿Entonces ahora es más pronto? —preguntó Adrián.
—Exacto. Esta noche tenemos una hora de regalo —dijo mamá.
—¿Y qué se hace con una hora de regalo?
—Dormir —dijo papá, y bostezó.
A Adrián aquello le pareció un regalo un poco aburrido. Mamá le dio un beso y le contó un secreto al oído.
—Ahora el sol se levanta antes. Puede que tú también madrugues.
Adrián se durmió abrazado a Pía, pensando en relojes que daban vueltas.

A la mañana siguiente, abrió los ojos de golpe. Por la persiana entraba una luz gris y fina. Estaba tan despierto que le daban ganas de saltar en la cama.
Se bajó y fue de puntillas hasta el cuarto de papá y mamá. Papá roncaba bajito. Mamá dormía con la boca un poco abierta. Adrián levantó la mano para despertarlos… y se paró.
Miró a Pía, que colgaba de su brazo, tranquila como siempre. «Las tortugas nunca tienen prisa», pensó. «Ni siquiera para desayunar».
—Pía, vamos a ponernos en modo tortuga —le susurró.

Volvió a su cuarto despacio, muy despacio, paso a paso. Se metió en la cama y se tapó hasta la nariz. Y le contó a Pía, bajito, la historia del reloj que daba vueltas.
Le contó lo de la aguja grande y lo del taburete. A mitad del cuento, Adrián bostezó, y Pía se escurrió en la almohada. Sin darse cuenta, a Adrián se le cerraron los ojos.
Cuando volvió a despertarse, el sol entraba amarillo por la ventana. Mamá estaba en la puerta, con una taza y cara de sorpresa.
—¿No has venido a despertarnos? ¡Qué bien hemos dormido!
—Es que he usado la hora de regalo —dijo Adrián—. En modo tortuga.

Esa noche, toda la familia se fue a la cama en modo tortuga: despacio, muy despacio. Pía se acomodó en la almohada, y Adrián cerró los ojos sin ninguna prisa. Buenas noches, Adrián…

