
Pablo tenía cinco años y un amigo muy grande en el parque. Era un castaño viejo, con el tronco ancho y las ramas largas. Todas las tardes, al salir del cole, Pablo iba a saludarlo con papá.
—¡Hola, castaño! —le decía, y le daba unas palmaditas en el tronco.
En verano, el castaño era verde y daba una sombra fresquita. Pero llegó el otoño, y algo empezó a cambiar. Las hojas se volvieron amarillas, naranjas y del color del pan tostado.
Cada tarde había más hojas en el suelo y menos en las ramas. Una hoja dorada bajó despacio, dando vueltas, y se posó en la mano de Pablo. Pablo la miró muy serio. Luego miró las ramas, casi desnudas.
—Papá, el castaño se está quedando sin hojas —dijo—. ¿Tendrá frío?

Papá se agachó a su lado y también miró hacia arriba.
—¿Tú qué crees que podemos hacer? —le preguntó.
Pablo pensó y pensó, con la hoja dorada entre los dedos. Cuando él tenía frío por la noche, mamá lo tapaba con su manta.
—¡Ya lo sé! —exclamó—. ¡Le haremos una manta de hojas!

Pablo cogió su cestita y empezó a recoger hojas del suelo. Hojas grandes y pequeñas, crujientes y blanditas, rojas y amarillas. Las fue dejando alrededor del tronco, una encima de otra.
Papá le ayudó con un rastrillo pequeño, y se rieron mucho. Entre las hojas aparecían castañas brillantes, como botones marrones. Al final, el castaño tenía a sus pies una manta redonda y gordita.
—Así ya no pasará frío —dijo Pablo, muy contento.
Entonces papá le contó un secreto.
—En otoño, los árboles se preparan para dormir todo el invierno.
—Sueltan sus hojas para descansar —siguió—, y en primavera les salen otras nuevas.
Y le explicó que las hojas del suelo abrigan la tierra y las raíces.

Al día siguiente, Pablo volvió corriendo al parque. La manta de hojas seguía allí, pero algo se movía debajo. Pablo se agachó despacito y apartó una hoja con un dedo.
Hecho una bolita, dormía un erizo pequeño y redondo.
—Chis —susurró Pablo—. Él también se está preparando para dormir.
Lo tapó otra vez con cuidado y le dio las buenas noches al castaño.

Esa noche, Pablo se metió en la cama con una castaña en la mano. Por la ventana se veía el castaño, tranquilo bajo la luna. Mamá lo tapó con su manta, y Pablo se acurrucó como el erizo.
Buenas noches, Pablo…

