
Era la noche de Halloween, y en la plaza del barrio había fiesta. Emma llevaba su capa azul con estrellas plateadas y, bajo el brazo, a Pipo. Pipo era su murciélago de peluche: negro, suave y con alas de fieltro.
La plaza estaba llena de farolillos naranjas, música suave y olor a castañas asadas. Había brujas con escoba, fantasmas con sábanas y un pirata con un loro de trapo. Emma lo miraba todo con los ojos brillantes, de la mano de mamá.
—¡Mira, Pipo, cuántas calabazas! —susurró.
Pero entonces vio a alguien que se acercaba hacia ellas, muy despacio. Era un monstruo verde, con pelos de lana y una máscara de ojos enormes. Emma se quedó quieta y se escondió detrás del abrigo de mamá.
—¿Quién hay ahí dentro? —preguntó bajito—. No le veo la cara.
Mamá se agachó y le acarició el pelo.
—Puedes quedarte aquí conmigo todo el tiempo que quieras —le dijo.
Emma abrazó a Pipo y lo miró a los ojos de botón.
—Pipo, tú ves en la oscuridad. ¿Qué hacemos? —le preguntó.
Pipo no dijo nada, claro. Pero a Emma se le ocurrió una idea estupenda.

Salió de detrás de mamá y levantó la mano.
—¡Alto! —dijo—. Esta plaza tiene contraseña.
El monstruo verde se paró en seco.
—Quien lleve máscara tiene que decir «calabaza» y saludar con la mano.

El monstruo saludó y dijo con una voz conocida: —Calabaza. Luego se levantó la máscara. ¡Era su primo Nico, con una sonrisa de oreja a oreja!
—¡Nico! —se rio Emma—. Eras tú todo el rato.
—¿Me dejas pasar, guardiana de la plaza? —preguntó Nico, con una reverencia.
Emma se lo pensó un momento, muy seria, y le dejó pasar.

Enseguida, la bruja, el fantasma y el pirata quisieron probar la contraseña.
—¡Calabaza! —decían, saludando, y se levantaban la máscara un momento.
Detrás había vecinos, amigos del cole y hasta el señor de la panadería. Emma se reía tanto que casi se le cae Pipo de las manos.

Al volver a casa, vio la calabaza de la entrada, todavía sin cara. Con mamá, le pintó unos ojos redondos y una sonrisa enorme. La pusieron en la ventana, con una velita de pilas dentro.
Su sonrisa naranja brillaba sobre la calle tranquila. Emma se puso el pijama y se metió en la cama con Pipo.
—Mañana, la contraseña la dices tú —le susurró, y bostezó.
Buenas noches, Emma…

