
Alba tenía seis años, dos trenzas largas y una voz muy bajita. En casa cantaba, se reía y le contaba chistes a su abuelo Ramón. Pero fuera de casa, las palabras se le quedaban escondidas.
Cuando alguien le hablaba, las mejillas se le ponían rojas como cerezas. Por las tardes, el abuelo le enseñaba a doblar pájaros de papel.
—Un pliegue, otro pliegue, y ahora las alas —decía él, despacito.
El sábado, Alba fue al cumpleaños de Marco, un compañero de clase. La fiesta era en el parque, con globos y una mesa llena de bocadillos. Los niños corrían, reían y jugaban a pillar entre los árboles.
Alba se quedó quieta, agarrada a la mano de mamá.
—¿No te apetece ir a jugar? —le preguntó mamá con cariño.
—Es que no sé qué decir —susurró Alba, mirándose las zapatillas rojas.
Mamá le dio un beso en la cabeza. —No hay prisa, cariño.

Alba metió la mano en el bolsillo de su chaqueta amarilla. Allí estaban sus dos pájaros de papel, azules y un poco arrugados. Entonces vio a un niño sentado solo, debajo de un pino grande.
«Parece que a él también se le esconden las palabras», pensó Alba. El corazón le latía deprisa: pum, pum, pum. Pero Alba soltó la mano de mamá y caminó hacia el pino, pasito a pasito.

No dijo nada. Solo sacó un pájaro de papel y se lo ofreció.
—Me llamo Nico. Soy nuevo en el cole —dijo bajito—. ¿Lo has hecho tú?
Alba asintió. Y luego, muy despacio, encontró sus palabras.
—Yo me llamo Alba. Si quieres, te enseño a hacerlo.
Cogieron dos servilletas de la mesa y se sentaron juntos en la hierba.
—Un pliegue, otro pliegue, y ahora las alas —explicó Alba, igual que el abuelo.

Al poco rato, Marco se acercó con curiosidad. —¿Qué hacéis? Detrás de Marco llegaron más niños, y luego más. Alba les enseñó a todos, y su voz sonaba cada vez un poquito más alta.
Aquella tarde, el pino del parque se llenó de pájaros de papel.

Por la noche, Alba ya estaba en la cama, con el pijama de estrellas. En la mesilla, junto a la lámpara, descansaba un pájaro blanco hecho por Nico.
—Mamá, ¿sabes qué? Hoy mis palabras han salido a volar.
Mamá sonrió y la arropó hasta la barbilla. Y Alba se quedó dormida, soñando con alas de papel que volaban despacito. Buenas noches, Alba…


