
Martín tenía seis años y una foca de peluche gris que se llamaba Bruma. Se la había regalado la abuela Carmen, que vivía en un pueblo junto al mar. Todo el verano, Martín había estado allí con ella.
Juntos buscaban conchas en la playa y paseaban por el puerto. Pero el verano se acabó, y Martín volvió a casa para empezar el cole. Ahora, por las noches, su habitación le parecía demasiado callada.
—Mamá, ¿por qué la abuela vive tan lejos? —preguntó una noche, abrazado a Bruma.
—Porque allí tiene su casa y su mar —dijo mamá—. Pero te quiere igual de cerca.
Martín asintió, aunque por dentro notaba un hueco pequeño y raro. Mamá le dio un beso y apagó la luz grande. Martín se quedó mirando la estantería, donde brillaba algo blanco.

Era la caracola que le había dado la abuela el último día de playa. «Si te la acercas a la oreja, oirás mi mar», le había dicho.

Martín se levantó y volvió a la cama con la caracola. Se la acercó a la oreja: «shhh… shhh…», como las olas. Entonces tuvo una idea.
Si por ahí entraba el mar, a lo mejor también podía salir su voz. Acercó la boca a la caracola y empezó a susurrar.
—Abuela, hoy en el cole hemos plantado lentejas en un vaso.
También le contó que Bruma echaba de menos a las gaviotas. Y que se le movía un diente, pero no le dolía. Desde la puerta, mamá lo escuchaba sin hacer ruido.
—¿Quieres que se lo mandemos de verdad? —susurró, con el móvil en la mano.
Martín dijo que sí y lo contó todo otra vez, despacito.

A la mañana siguiente, en el desayuno, sonó el móvil de mamá. Era un audio de la abuela Carmen. Primero se oían unas olas, y una gaviota a lo lejos.
—Buenos días, Martín —decía la abuela—. Te hablo desde la playa.
Y añadía: «Dile a Bruma que las gaviotas también la echan de menos». Martín se rio tanto que casi tira la leche. Y decidió que, cada noche, le contaría su día a la caracola.

Esa noche se acostó con Bruma y la caracola junto a la almohada. Susurró su día, mamá lo grabó y el hueco raro ya no estaba. Luego se acercó la caracola a la oreja y escuchó el mar, suave y lento.
«Shhh… shhh…», decían las olas, hasta que Martín cerró los ojos. Buenas noches, Martín…


