
Julia tenía seis años y una elefanta de peluche gris que se llamaba Tula. Tula tenía las orejas enormes y un lazo rosa un poco torcido. A la hora de la merienda, mamá le dio una noticia.
—Mañana vamos a la pediatra. Es la revisión de los seis años.
Julia dejó la galleta en el plato.
—¿Me van a pinchar? —preguntó.
—Puede que te toque una vacuna —dijo mamá—. Es rápida, y yo estaré contigo.
Julia no dijo nada, pero se le hizo un nudo en la tripa. Toda la tarde, el nudo estuvo ahí, como una pelota apretada. Ni siquiera le apetecía jugar a las cocinitas con Tula.

Por la noche, mamá se sentó en el borde de su cama.
—¿Qué es lo que más te preocupa? —le preguntó.
Julia pensó un buen rato. —Que no sé qué me van a hacer. Entonces se le ocurrió una idea. Saltó de la cama y buscó un lápiz.
—Voy a escribir preguntas para la doctora —dijo—. Así lo sabré todo.
Escribió tres, despacio y con letras grandes. Tula la miraba desde la almohada.

Por la mañana, Julia guardó el papel en el bolsillo y a Tula bajo el brazo. En la consulta había dibujos de jirafas y un pez naranja en una pecera. La doctora Ruiz tenía el pelo blanco y unas gafas rojas muy divertidas.
—Hola, Julia. ¿Y esta elefanta tan elegante?
—Es Tula. Y yo traigo preguntas —dijo Julia, desdoblando el papel.
—¡Estupendo! Me encantan las preguntas.
—La primera: ¿para qué sirve ese aparato que lleva colgado?
—Es un fonendo, para escuchar el corazón. ¿Quieres oír el tuyo?
Julia se puso los auriculares y oyó «pum, pum, pum», como un tambor pequeño.
—La segunda: ¿la vacuna duele?
—Pica un poco, como un pellizco, y se pasa enseguida —dijo la doctora.

—La tercera: ¿qué puedo hacer mientras tanto?
—Sopla despacio, como si apagaras una vela de cumpleaños.
Julia se sentó en las rodillas de mamá, abrazó a Tula y sopló. Notó un pellizco pequeño y, cuando abrió los ojos, ya estaba. La doctora le puso una tirita de estrellas. —Las mejores preguntas de la semana.

Esa noche, el nudo de la tripa había desaparecido. Julia se hizo un fonendo con un cordón y un tapón, y escuchó el corazón de Tula.
—Pum, pum —susurró—. Estás muy sana, Tula. Ya puedes dormir.
Luego se acurrucó junto a Tula y cerró los ojos. Buenas noches, Julia…


