
Bruno tenía tres años y una cama nueva de niño mayor. Era de madera clara, con una manta azul llena de lunas amarillas. En la almohada vivía Plumita, un búho de peluche marrón con una bufanda verde.
Por el día, a Bruno le encantaba su cama nueva. Saltaba en ella, construía cabañas y hacía volar a Plumita por encima. Pero por la noche, la cama parecía mucho más grande.
Cuando mamá apagaba la luz, Bruno se quedaba con los ojos muy abiertos.

Luego bajaba despacio, sin hacer ruido, y salía al pasillo. Iba de puntillas hasta la cama de mamá y papá y se metía en medio.
—Bruno, tienes una cama preciosa —le decía papá, bostezando.
—Es que en mi cama me siento solito —contestaba Bruno, y se acurrucaba.
Una noche, Bruno salió al pasillo como siempre. La casa estaba en silencio; solo se oía el tictac del reloj. Pero a mitad de camino, se paró en seco.
¡Se había dejado a Plumita en la almohada!

Bruno miró hacia atrás, hacia su puerta entreabierta. «Plumita está solito», pensó. «Igual tiene un poco de miedo». Entonces Bruno respiró hondo y volvió a su cuarto, paso a paso.
Cogió a Plumita y lo abrazó fuerte.
—No te preocupes, Plumita. Yo te cuido —le susurró.
Los búhos duermen en nidos, así que Bruno le hizo uno con la manta de lunas. La enrolló en círculo, blandita y calentita, con Plumita en el centro. Después se tumbó a su lado, muy cerquita del nido.
Y le cantó bajito: «A dormir, a dormir, que la luna está aquí». Plumita parecía tranquilo. Y Bruno también. Los ojos se le fueron cerrando poco a poco, sin darse cuenta.

Por la mañana, un rayo de sol le hizo cosquillas en la nariz. Bruno abrió los ojos y miró a su alrededor. ¡Estaba en su cama! Salió corriendo al cuarto de mamá y papá, con Plumita en brazos.
—¡Hemos dormido toda la noche en nuestro nido! —anunció, muy contento.
Mamá y papá lo abrazaron a la vez, y Bruno se rio feliz.

Aquella noche, Bruno preparó el nido él solito. Papá lo arropó y le dio un beso en la frente, y otro a Plumita.
—¿Os dejo la puerta un poquito abierta? —preguntó papá.
—Vale —bostezó Bruno—. Plumita y yo ya sabemos dormir aquí.
Y se acurrucó en su nido de lunas, con Plumita pegadito a la mejilla. Buenas noches, Bruno…


