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Cuento para dormir · Un misterio en la biblioteca

Carla y el misterio de las estrellas a lápiz

de 8 a 9 años · 3 minutos de lectura

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Carla tenía ocho años y una regla: si un libro tenía un misterio, se lo leía. Cada sábado iba a la biblioteca del barrio con su hermano Nico, que tenía cinco. Aquel sábado sacó un libro muy viejo, con las tapas verdes y despegadas.

Se llamaba «La isla de los faros» y olía a armario antiguo.

Por la tarde, en la mesa de la cocina, Carla abrió el libro. En la página doce vio una estrella pequeña a lápiz, justo encima de una E. Pasó la página y encontró otra estrella, encima de una S.

—Alguien ha pintarrajeado el libro —dijo Nico—. Eso está prohibido.

—O alguien ha dejado un mensaje —contestó Carla.

Pipa, la perra, olisqueó el libro y estornudó por el polvo. Carla cogió su cuaderno y apuntó, una a una, las letras con estrella. Nico se puso a adivinar antes de tiempo.

—¡Es un mapa pirata! ¡Pone «esqueleto»!

—Pone «estante azul tres» —dijo Carla, despacio—. Y no hay ningún esqueleto.

El lunes, después del cole, volvieron a la biblioteca. Al fondo había un estante pintado de azul que nadie miraba nunca. Carla contó los libros y sacó el tercero, más viejo todavía.

Tenía estrellas a lápiz, igual que el otro. Esta vez, las letras decían: «Mira detrás del mapa». En la última página había un mapa de una isla, pegado con cola.

Por una esquina asomaba una tarjeta amarillenta. Carla la sacó con cuidado, y Nico contuvo la respiración. «Si has llegado hasta aquí, eres de los míos. Firmado: Julián, 1979.»

—Ese libro lleva aquí más años que yo —dijo Rosa, la bibliotecaria, sonriendo.

Carla se quedó mirando la firma. Julián… ¿Julián? Entonces se acordó: el abuelo Julián se había criado en ese barrio.

En la cena, Carla dejó la tarjeta junto al plato del abuelo. El abuelo la miró, se puso colorado y soltó una carcajada.

—¡La habéis encontrado! Yo tenía nueve años. Creía que nadie la vería nunca.

—¿Y dónde está el tesoro? —preguntó Nico.

—Iba a dejar un bombón —confesó el abuelo—. Pero me lo comí por el camino.

Todos se rieron, y Pipa ladró por si acaso.

Esa noche, Carla preparó su propia pista, con estrellas a lápiz, para el estante azul. La firmó así: «Carla, 2026». Luego el abuelo le leyó «La isla de los faros», bajito, hasta que se durmió.

Buenas noches, Carla…

🌙

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