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Cuento para dormir · Pedir perdón a un amigo

Leo y el looping de Nora

de 8 a 9 años · 3 minutos de lectura

Léelo con el nombre de tu peque (el cuento es de un niño)

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Leo tenía nueve años y un plan para la feria de ciencias. Con su amiga Nora iba a construir el mejor circuito de canicas del mundo. Llevaban la tarde en el salón, entre tubos de cartón y vasos de yogur.

Garbanzo, el perro, vigilaba las canicas por si alguna resultaba comestible.

—¡Falta un looping! —dijo Nora—. Que la canica dé la vuelta entera.

Y dibujó un círculo gigante en una hoja. Leo ni lo miró: la rampa se le había caído tres veces.

—Eso es una tontería —soltó—. No va a funcionar nunca.

Nora dobló su dibujo sin decir nada. Se puso el chubasquero amarillo y se fue a casa. El salón se quedó en silencio. Hasta Garbanzo dejó de mover la cola.

Leo notó algo raro en la tripa, como una canica atascada en un tubo.

—Has metido la pata —dijo Carla, su hermana pequeña, masticando una galleta.

—Ya lo sé —gruñó Leo—. Pero no sé cómo arreglarlo.

Carla tenía la solución: una tarjeta enorme, con purpurina y treinta corazones.

—Así no tienes que decir nada —explicó, muy seria.

Garbanzo tenía otra solución: se metió debajo del sofá y no salió. Las dos ideas eran malas. Aunque la de Garbanzo tentaba.

Entonces vio la hoja de Nora, olvidada junto a la cinta adhesiva. La abrió. El looping estaba dibujado con flechas, medidas y una canica sonriente. Nora lo había pensado de verdad.

Leo cortó una botella, curvó una tira de cartón y la pegó. La primera canica se cayó. La segunda, también.

—¿Lo ves? —murmuró Leo—. Es una ton…

Y se calló, porque esa palabra ya había hecho bastante daño. Subió un poco la rampa, para darle más velocidad. La canica bajó, dio la vuelta entera y aterrizó en un vaso.

Carla aplaudió. Garbanzo asomó el hocico, por si acaso.

Por la mañana, Leo esperó a Nora en la puerta del cole, con el circuito. Le costó empezar. Las palabras pesaban más que la caja.

—Perdón por lo que te dije —soltó al fin—. Tu idea no era una tontería. Era la mejor.

Nora lo miró un momento, y luego sonrió. Sacó una canica azul con una estrella dentro y la dejó caer por la rampa. La canica dio la vuelta entera, y medio patio gritó: «¡Otra vez!».

Esa noche, Leo se acostó con la tripa tranquila, sin canicas atascadas. Garbanzo se enroscó a sus pies, y la luna iluminaba el circuito. Buenas noches, Leo…

🌙

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