
Lucas tenía ocho años y llevaba todo el verano soñando con acampar. Por fin, un viernes de otoño, papá cargó la mochila grande en el coche.
—Nos vamos al monte, explorador —dijo, guiñándole un ojo.
Subieron por un sendero de pinos hasta un prado junto a un arroyo. Lucas ayudó a montar la tienda y a clavar las piquetas. Cenaron bocadillos de tortilla mientras el cielo se volvía naranja y luego morado.
Desde el prado se veían más estrellas que en toda la ciudad. Después se metieron en los sacos de dormir, calentitos y muy juntos. Papá se durmió enseguida, con un ronquido suave.
Pero Lucas tenía los ojos abiertos como platos. Fuera, el bosque no estaba en silencio, como él esperaba. Algo crujía entre las hojas. Algo silbaba entre las ramas.
Y, de vez en cuando, sonaba un «uuh, uuh» largo y misterioso. Lucas se tapó hasta la nariz. «¿Y si no consigo dormir en toda la noche?», pensó.

Entonces se acordó de su cuaderno y de su linterna de cabeza. «Los exploradores de verdad no se esconden de los sonidos —pensó—. Los apuntan». Encendió la linterna con la luz bajita y abrió el cuaderno.
Se quedó muy quieto y escuchó con mucha atención. El crujido venía de cerca: crac, crac, entre las hojas secas.

Lucas asomó la cabeza por la puerta de la tienda, muy despacito. Era un erizo pequeño que olisqueaba el suelo junto a la mochila. Lucas sonrió y escribió: «Sonido número uno: un erizo buscando la cena».
El silbido era el viento, que peinaba las copas de los pinos. «Sonido número dos: el viento cantando bajito», anotó. Y volvió a sonar aquel «uuh, uuh», desde la rama de un pino alto.

Lucas levantó la linterna con cuidado. Dos ojos redondos y dorados lo miraban, tranquilos. Era un búho.
—Hola, vecino —susurró Lucas—. Así que eras tú.
«Sonido número tres: un búho dando las buenas noches», escribió. Al fondo, el arroyo hacía glu, glu, glu sobre las piedras, sin parar. Lo apuntó también; ya no parecía un ruido, sino una nana.
Apagó la linterna, guardó el cuaderno y se acurrucó junto a papá.

Desde el saco oía el erizo, el viento, el búho y el arroyo. Cada sonido era ya un amigo con nombre, en su cuaderno. Respiró hondo el olor a pino y a tierra mojada.
Y Lucas se durmió escuchando la nana del bosque. Buenas noches, Lucas…


