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Cuento para dormir · El esfuerzo

Valeria y la escalera de la flauta

de 8 a 9 años · 3 minutos de lectura

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Valeria tenía ocho años y una gata gris que se llamaba Pimienta. En el cole estaban preparando el concierto de otoño. Toda la clase iba a tocar la flauta delante de las familias.

La canción se llamaba «La nana del faro», y a Valeria le encantaba. Pero tenía una nota aguda, muy aguda, justo en la mitad. Cada vez que Valeria llegaba a esa nota, la flauta hacía «¡piii!».

Pimienta levantaba las orejas y se escondía debajo de la cama. Una tarde, después de diez intentos, Valeria dejó la flauta en la mesa.

—¡Lo dejo! Soy un desastre —dijo, con los ojos brillantes.

Mamá se asomó a la puerta y se sentó a su lado.

—¿Quieres probar otra vez mañana? —le preguntó, sin prisa.

Valeria no contestó. Se quedó mirando la flauta un buen rato.

Esa noche, en la cama, no podía dejar de pensar en la canción. Era tan larga que parecía una montaña enorme.

—Pero las montañas se suben paso a paso —le susurró a Pimienta.

Se levantó, encendió la lamparita y sacó una hoja grande. Dibujó una escalera de diez peldaños y, arriba del todo, un faro. Luego pegó la hoja en la pared, junto a su escritorio.

Al día siguiente, partió la canción en diez trocitos pequeños. Cada tarde ensayaba solo un trocito, despacio, hasta que sonaba bien. Y cuando sonaba bien, coloreaba un peldaño de la escalera.

Algunos días el trocito salía a la primera; otros, costaba muchísimo. Pimienta se tumbaba en la alfombra y movía la cola al compás.

La nota aguda llegó en el peldaño siete. Valeria sopló suave, muy suave, con los dedos bien apretados. Y la nota salió limpia y redonda, como el canto de un pájaro.

—¡Pimienta, la he tocado! —exclamó, y la gata ni siquiera se escondió.

El día del concierto, el salón de actos estaba lleno de familias. Valeria tenía las manos frías, y el corazón le daba saltitos. Cuando llegó la nota aguda, la flauta pitó un poquito.

Pero Valeria respiró hondo y siguió tocando hasta el final. Todo el salón aplaudió, y mamá la saludaba desde la tercera fila.

Esa noche, Valeria coloreó el último peldaño: el del faro. Después tocó «La nana del faro» muy bajito, solo para Pimienta. La gata se acurrucó a sus pies y cerró los ojos despacio.

Y Valeria, con la flauta en la mesilla, se quedó dormida también. Buenas noches, Valeria…

🌙

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