
Gael tenía tres años y un perro de peluche que se llamaba Bizcocho. Bizcocho era pequeño, de color galleta, y tenía una oreja marrón. A Gael le encantaban los perros de peluche. Los de verdad, no tanto.
Si veía uno por la calle, se escondía detrás de las piernas de papá.

Aquella tarde, al volver del parque, pasaron por la casa de Carmen, la vecina. Allí estaba Luna, su perra. Era grande, peluda y de color crema.
—¡Guau! —dijo Luna, solo una vez.
Gael dio un salto y se agarró fuerte al pantalón de papá.
—Luna solo dice hola —sonrió Carmen—. Es muy buena.
Pero Gael no quiso mirar.

Esa noche, ya con el pijama de nubes, Gael se sentó en la cama con Bizcocho.
—Papá, ¿cómo se saluda a un perro?
Papá se sentó a su lado.
—Primero, se pregunta a su dueño si se puede.
—Después, te quedas quieto y acercas la mano abierta, así, despacito.
—Y el perro te huele. Es su forma de decir «encantado».
Cuando papá salió, Gael miró a Bizcocho.
—Vamos a practicar —le dijo bajito.
Lo sentó en la almohada, muy serio.
—¿Puedo saludar a tu perro? —le preguntó a la lamparita.
«Sí», contestó él mismo, con voz de lamparita. Se quedó quieto. Abrió la mano. Y la acercó despacito. Bizcocho no dijo nada, pero a Gael le pareció que movía la cola.
Lo practicaron una vez. Y otra. Y otra más.

Al día siguiente, Luna estaba otra vez en la puerta. Gael respiró hondo, salió de detrás de papá y miró a Carmen.
—¿Puedo saludar a Luna?
—Claro que sí —dijo Carmen.
Gael se quedó quieto y acercó la mano abierta, despacito, como con Bizcocho. Luna le olió los dedos con su nariz fría y húmeda. Y luego movió la cola de un lado a otro, como un plumero.
Gael se rio: —¡Hola, Luna!

Esa noche, Gael le contó a Bizcocho todo lo que había pasado.
—Mañana la saludamos otra vez —le susurró.
Bostezó, se acurrucó con su perro de peluche y cerró los ojos. Y soñó con una cola grande y suave que decía hola. Buenas noches, Gael…


