
Sara tenía seis años y un zorro de peluche que se llamaba Canela. Canela tenía la cola muy larga y una mancha blanca en el pecho. Aquella noche, papá apagó la luz y le dio un beso en la frente.
Pero Sara no conseguía dormirse. En su cabeza daban vueltas y vueltas un montón de cosas. Mañana había dictado, y a ella siempre se le olvidaba alguna hache.
El jueves iban de excursión a una granja, en autobús. «¿Y si me mareo?», pensó, y se tapó hasta la nariz. Y en el recreo, Lola se había enfadado por el columpio.
«¿Y si mañana no quiere jugar conmigo?». Sara se dio la vuelta. Y otra. Y otra más.

—Papá —llamó bajito—. No me puedo dormir.
Papá volvió y se sentó en el borde de la cama.
—Tengo muchas cosas en la cabeza —dijo Sara—. No me caben.
Se las contó todas, una detrás de otra, muy deprisa.
—Son muchas, ¿eh? —dijo papá, y le acarició el pelo.
Cuando papá se fue, Sara miró por la ventana: unas nubes grises tapaban la luna. «Mis preocupaciones son como esas nubes», pensó. «No dejan pasar la luz».

Y entonces tuvo una idea. Encendió la lámpara pequeña y sacó sus lápices de colores. En un papel dibujó una nube, y dentro, un dictado lleno de haches.
En otro, una nube con un autobús. En otro, una nube con un columpio. Las recortó con cuidado, sin salirse de la línea.

Luego cogió la caja de sus zapatillas nuevas.
—Aquí dentro vais a esperar hasta mañana —les dijo a las nubes.
Las metió una a una y cerró la tapa. Después sentó a Canela encima, muy derecha.
—Tú vigilas, Canela. Que no se escape ninguna.
Mamá se asomó a la puerta, porque había visto luz.
—¿Qué es eso, Sara?
—La caja de las preocupaciones. Mañana las saco y las miro, de una en una.
—Y si quieres, las miramos juntas —dijo mamá, sonriendo.

Sara volvió a la cama. La cabeza le pesaba mucho menos. Por la ventana, las nubes se habían apartado y asomaba la luna. Sara bostezó, se acurrucó junto a la almohada y cerró los ojos.
Buenas noches, Sara…


