
Aquel domingo, al abrir la ventana, entró un aire frío que olía a hojas secas.
—Ha llegado el frío de verdad —dijo mamá—. Hoy estrenas abrigo.
El abrigo era rojo, con capucha y dos bolsillos enormes. Inés lo miró de arriba abajo y cruzó los brazos.
—No me lo pongo. Pica, pesa y parece un saco de dormir.
—Pues ponte el jersey gordo —dijo mamá—. El abrigo viene en la bolsa, por si acaso.

Inés cogió a Púas, su erizo de peluche, y salieron hacia el parque. En el parque, el viento hacía bailar las hojas amarillas por el suelo. Inés corrió detrás de ellas un buen rato.
Pero enseguida se le enfriaron las manos y se le puso la nariz colorada.
—Tengo un poco de frío —admitió, muy bajito.
—¿Te doy el abrigo? —preguntó mamá, abriendo la bolsa.
—¡No! —contestó Inés—. Pica.
Se sentó en un banco y apretó a Púas contra el jersey. Entonces se fijó en un montón de hojas secas, al pie de un árbol. Se acordó de algo que le había contado el abuelo.
Los erizos de verdad se hacen una cama de hojas para pasar el invierno. Una madriguera calentita, para dormir hasta la primavera. Inés miró a Púas. Tenía las púas tiesas, como si estuviera tiritando.
—Tú también necesitas una madriguera —le dijo.

Sacó el abrigo de la bolsa y lo estuvo mirando un rato. Luego metió a Púas en el bolsillo grande, con la nariz asomando. Y, para que Púas no pasara frío, se puso el abrigo ella misma.
Un brazo, el otro, y la cremallera hasta la barbilla. Mamá levantó las cejas, pero no dijo nada.
—Es una madriguera —explicó Inés—. Y por dentro no pica.

A la salida del parque había un puesto de castañas asadas, con humo y olor a otoño. La castañera les dio un cucurucho de papel lleno de castañas calientes. Inés guardó una en el otro bolsillo, para calentarse las manos.
—Ahora Púas tiene calefacción —dijo, y mamá se echó a reír.

Por la noche, Inés colgó el abrigo rojo en la silla, junto a su cama.
—Mañana también nos lo ponemos —le susurró a Púas.
Púas se quedó en la almohada, y el abrigo, en la silla, parecía hacer guardia. Fuera soplaba el viento, pero en el cuarto todo estaba tranquilo. Inés se tapó hasta las orejas, bostezó y cerró los ojos.
Buenas noches, Inés…


