
Mateo tenía ocho años y pasaba los sábados en casa de su abuela Carmen, en el pueblo. Lo que más le gustaba a Mateo era jugar a la pelota contra la pared del patio.
—Cuidado con las macetas —le decía siempre la abuela desde la ventana.
Había una maceta azul que era su favorita, pintada a mano con pajaritos blancos. Aquella tarde, Mateo dio una patada demasiado fuerte. La pelota rebotó en la pared, voló por el aire y… ¡cras!

La maceta azul cayó al suelo y se partió en tres trozos. Por suerte, el geranio rojo estaba bien, con sus raíces abrazadas a la tierra. Mateo miró a la ventana. La abuela no estaba. Nadie lo había visto.
Sin pensarlo, metió la planta en un cubo y escondió los trozos tras la regadera. Durante la cena, la abuela dijo: —Qué raro. Mi maceta azul ha desaparecido.
—No sé nada —contestó Mateo, mirando su plato de sopa.
Y la abuela no preguntó más.

Pero esa noche, en la cama, Mateo no conseguía dormirse. Daba vueltas hacia un lado. Daba vueltas hacia el otro. Contaba ovejas y perdía la cuenta. Sentía algo raro en el pecho, como si se hubiera tragado una piedra.
Desde abajo llegaba un olor a manzanilla. La abuela seguía despierta. Mateo se levantó, se puso las zapatillas y bajó la escalera muy despacio.

La abuela estaba en la cocina, con su taza y sus gafas redondas.
—¿No puedes dormir, cariño? —le preguntó.
Mateo tragó saliva. Le temblaba un poco la voz.
—Abuela, la maceta la rompí yo, con la pelota. Y luego te dije que no sabía nada.
La abuela se quitó las gafas y lo miró un rato largo, en silencio. Después abrió los brazos, y Mateo se acurrucó en ellos.
—Gracias por contármelo —le dijo bajito—. Eso ha sido muy valiente.
Y la piedra del pecho se deshizo como un terrón de azúcar en la leche.
—¿Sabes qué? —añadió la abuela—. Las cosas rotas también se pueden arreglar.
Sacó de un cajón un tubo de pegamento y un botecito de pintura dorada. Juntos pegaron los tres trozos, con mucho cuidado, encima de la mesa de la cocina. Luego Mateo pintó la grieta de dorado, despacito, como si dibujara un río de sol.
—Ahora es todavía más bonita —dijo la abuela—. Y tiene una historia.

Volvieron a plantar el geranio y dejaron la maceta en la ventana del cuarto de Mateo. Mateo se metió en la cama, ligero como una pluma. La luna hacía brillar la grieta dorada. Buenas noches, Mateo…


