
Samuel tenía ocho años y una perra marrón y despeinada que se llamaba Trufa. Aquel sábado era Halloween, y Samuel llevaba toda la tarde vaciando una calabaza. Le había tallado unos ojos redondos y una sonrisa enorme, con un diente torcido.
—Es la mejor calabaza del barrio —le dijo a Trufa—. Seguro.
Después se puso su disfraz de astronauta, de cartón y papel de plata.

Entonces sonó el timbre. Era Nora, su vecina, disfrazada de abeja. Trufa dio un salto de alegría y, con la cola, barrió la mesa del recibidor. La calabaza rodó, cayó al suelo y… ¡crac! Se partió en dos mitades.
Hubo un silencio largo. Trufa agachó las orejas.
—¡Era la mejor del barrio! —protestó Samuel.
—Podemos comprar otra —propuso Nora, moviendo las antenas.
—Las tiendas ya han cerrado —dijo papá desde la cocina.
Papá trajo cinta adhesiva y pegó las dos mitades. Aguantó tres segundos. Luego se abrió otra vez, despacio, como un libro. Nora se tapó la boca para no reírse. A Samuel no le hizo ninguna gracia.
Se sentó en el suelo, con el casco torcido, y miró las dos mitades. Cada una tenía un ojo y media sonrisa. Y entonces se le ocurrió algo.

Cogió la cuchara de tallar y, con papá al lado, se puso a trabajar. En cada mitad talló el ojo que faltaba y completó la sonrisa. Ahora eran dos calabazas pequeñas, frente a frente, como si charlaran.
—Son calabazas gemelas —anunció Samuel—. Y se cuentan chistes.
—¿Ah, sí? ¿Y qué se dicen? —preguntó Nora.
—Una le dice a la otra: «Hoy me he partido de risa».
Nora soltó una carcajada tan fuerte que se le dobló una antena.

Papá metió una linterna en cada mitad, y las gemelas se iluminaron. Samuel las llevó en una cesta, y Trufa, con un pañuelo naranja, abría el camino. En el tercero B, les abrió la señora Pilar, vestida de bruja con gorro de lunares.
—¿Truco o trato? —dijeron Samuel y Nora a la vez.
—¿Y de qué se ríen estas dos? —preguntó la señora Pilar.
—Es que se han partido de risa —contestó Samuel.
La señora Pilar se rio tanto que les dio el doble de caramelos.

De vuelta en casa, Samuel puso las gemelas en la ventana de su cuarto. Guardó tres caramelos para mañana y le dio un beso a Trufa. Las calabazas brillaban bajito, como si siguieran charlando. Samuel bostezó y cerró los ojos.
Buenas noches, Samuel…


